Lo ocurrido esta mañana en Oberá no es un hecho aislado ni un simple parte policial para completar la agenda del día.
Es, una vez más, el espejo incómodo de una ciudad que convive con la violencia, la reincidencia delictiva y un sistema que reacciona tarde.
Mario A. no es un nombre nuevo para la Policía ni para la Justicia.
Su prontuario por robos y delitos contra la propiedad ya lo ubicaba dentro de un patrón conocido: el del delincuente que entra y sale, que vuelve, que reincide, que se mueve con una impunidad que termina naturalizándose.
Pero esta vez la violencia escaló hacia donde nunca debería llegar: su pareja y su hija de 14 años.
En Oberá solemos hablar de inseguridad como si fuera un problema abstracto, algo que le pasa a otros o que solo ocurre en determinadas zonas.
Sin embargo, los hechos demuestran que el peligro no reconoce barrios ni horarios, y que el hogar —ese lugar que debería ser refugio— muchas veces se convierte en escenario de terror.
La pregunta es tan dura como necesaria: ¿cuántas señales se ignoraron? ¿Cuántas alertas previas hubo sobre este hombre? ¿Cuántas oportunidades se perdieron para intervenir antes de que una adolescente terminara con el rostro cortado y marcado por un golpe?
Es justo reconocer el accionar de la Unidad Regional II y el operativo cerrojo que permitió su rápida detención. Pero en la Capital del Monte ya aprendimos que una captura no es sinónimo de justicia.
La experiencia indica que, demasiadas veces, la historia se repite: detención, expediente, liberación… y vuelta a empezar.
El problema de fondo no es solo este caso. Es el mensaje que se envía cuando la ley no pesa lo suficiente, cuando los violentos sienten que las consecuencias son temporales y cuando las víctimas quedan atrapadas entre el miedo, la burocracia y la desprotección.
Hoy hay una madre y una adolescente heridas, física y emocionalmente.
Y hay una comunidad que no puede seguir acostumbrándose a leer estos hechos como si fueran parte del paisaje cotidiano.
Oberá no puede resignarse a que la violencia doméstica, la reincidencia delictiva y la impunidad formen parte de la geografía cotidiana.
Que este caso no sea uno más en la larga lista de episodios que se olvidan con el correr de los días.
Que sirva, al menos, para reafirmar una idea básica pero urgente: a los violentos y a los delincuentes reincidentes, el único lugar que les corresponde es detrás de las rejas.
El resto —si nada cambia— será simplemente contar los días hasta que vuelva a estar en la calle para que la historia se repita.
Marcelo Telez
Director RPD

