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Murió la cantante Raffaella Carrá, la reina italiana que llegó a escandalizar al Vaticano

05/07/21

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La también conductora fue musa de Susana Giménez. Popularizó hits como “Hay que venir al sur”. El testimonio de su amigo Franco Simone.

«Tengo que confirmar con mucho dolor que es así, estoy devastado«. La noticia con un nudo atravesado llega a Clarín en la voz del cantante italiano Franco Simone: Raffaella Carrá, la reina italiana que en los ’70 y ’80 se volvió parte del paisaje argentino al son de «03-03-456», la amiga de Diego Maradona, la mujer que huyó de Hollywood «para no caer en la maldita cocaína» y dejó como slogan sudamericano «para hacer bien el amor hay que venir al sur» murió a los 78 años, en Roma.

Italia está en shock. Adiós a fiesta, a «la donna insostituibile», la diva de los cabellos dorados, los dientes separados, el corte carré, la del idilio con Latinoamérica, la devenida en «icono del orgullo gay» que se jactaba de ser de algún modo «rockera sin título», no por su música, y si por su «modo de vida rupturista».

Nació el mismo año que Mick Jagger, George Harrison y Roger Waters (1943). Su lápida podrá decir eso mismo que alguna vez pregonó: «Aquí yace la mujer que hizo bandera de la libertad del cuerpo, la que disfrutó de la liberación sexual feminista en tiempos en que sus arqueos de cuerpo eran denunciados«.

Hubo un lapso en que se la acusó de «naif y kitsch», pero la muerte, que todo lo mejora, deja otras impresiones. Estatua de la libertad boloñesa, sus seguidores le atribuyen el hito de la provocación al clero mucho antes de Madonna. Se atrevió a enseñar el ombligo en pantalla (hoy casi un chiste), «revolución» que generó una pequeña crisis entre la RAI y el VaticanoTuca Tuca era la coreografía que escandalizaba a los sacerdotes, pero Raffaella salió triunfante de esa insólita batalla. Llegaron a bautizarla «madre del porno-pop».

La Argentina la recordará, entre tantas otras huellas, por haber sido la musa de Susana Giménez. El ciclo Hola Susana estaba inspirado en Pronto, Raffaella. «Cuando Ovidio García pidió permiso le dije: ‘¿pero quién lo va a hacer? ¿Susana? ¡Perfecto!’. Y ella lo hizo maravillosamente bien», despejó con dulzura cualquier tipo de rivalidad mediática.

La agencia de noticias ANSA cita a Sergio Japino, quien fue su compañero durante décadas. «Raffaella nos ha dejado. Se ha ido a un mundo mejor, donde su humanidad, su inconfundible risa y su extraordinario talento brillarán para siempre». Su entorno no dio más detalles que «una enfermedad atacó ese cuerpo suyo tan diminuto, pero tan lleno de energía desbordante».

En el último tiempo, inmersa en ese paisaje apocalíptico de la pandemia, su postura era el silencio. Ese fue como el último regalo para sus seguidores, «protegerlos» de ese deterioro físico que encontró el final el 5 de julio y desgarró al Bel Paese. Hasta el club Juventus la llora en banderas. Su último tuit había sido el día de su cumpleaños (el último), el 18 de junio: «¡Gracias a todos! Me han colmado de buenos deseos, su cariño me conmueve, los abrazo y les deseo un verano con vuelta a la normalidad». Un mes antes de eso la había atravesado el dolor de la partida de un amigo, el cantautor italiano Franco Battiato.

Su relación con la televisión italiana se mantenía, pero con ciertos reparos: había anunciado su retiro «mentiroso» a los 73 años, pero decidió el regreso con cierta sensación de «extranjera» en una industria que hace culto de la juventud y descarta a la tercera edad. Ese mismo mecanismo la había ponderado en sus treinta y tantos. «Hoy en día es raro encontrar personas que te cuiden. Se usa a alguien porque es hermoso y tiene 20 años, pero dentro de tres años será reemplazado por otro. Es un juego cruel».

Historia de un trono

Nacida como Raffaella Maria Roberta Pelloni, a los 9 años debutó en el cine. Formada en el Colegio Español de Bologna, «una institución sofisticada, comandada por estrictas monjas», su primer sueño era ser coreógrafa, pero la oportunidad de lo actoral se presentó demasiado pronto.

La familia había viajado a Roma, el destino los cruzó con el director Mario Bonnard, quien buscaba a una niña de su edad para el filme Tormento del passato, y Raffa comenzó así su romance con la industria. Con la mayoría de edad se inscribió en el Centro Sperimentale di Cinematografia. Al final de la cursada, Florestano Vancini la eligió para La larga noche del ’43, una historia con guión de Pier Paolo Pasolini en la que tuvo un rol pequeño pero que le sirvió para mostrar su dramatismo

Su película más destacada fue, tal vez, I compagni, 11 años después, dirigida por Mario Monicelli, junto a Marcello Mastroianni. Las puertas de Hollywood se abrieron con ciertas reglas, pero la italiana no estuvo dispuesta a seguirlas. En 1966 participó en los Estados Unidos de la serie I Spy, con Bill Cosby, el actor que más tarde fue preso por violación. En cine protagonizó El expreso de Von Ryan, con Frank Sinatra.

«¿Por qué no quedarme en la meca? «Cuando terminaban de rodar, todos iban a alcoholizarse o a tomar cocaína. Esa vida no me gustaba. Mis padres estaban separados. Mi padre no quería que yo incursionara en esto porque creía que estaba lleno de gente rara, que podías perderte enseguida. No estaba tan equivocado«.

«La TV llegó como un accidente. Me pusieron como presentadora del programa más importante de entretenimiento de la televisión pública italiana, Canzonissima. Mi primer disco llevaba la sintonía del programa. Así empezó todo», evocaba. «El baile y la palabra son lo mío; el canto es sólo un aderezo». A su imán se sumaba la elección de trajes que ella misma arengaba como estrategia. «Alguna vez le dije a mi diseñador: ¿Qué te parece si a este mono le alargamos la espalda descubierta hasta que se me vea el principio del culito?».

El desembarco porteño llegó durante la dictadura militar. Protagonizó la película argentina Bárbara, con Jorge Martínez, dirigida por Gino Landi (en 1980) y llenó teatros y estadios como el Amalfitani o el Kempes. «Cuando llegué con la canción que decía ‘para hacer bien el amor hay que venir al Sur, tuve que cambiar la letra para que no me censuraran», advertía. «Pasé a decir ‘para enamorarse bien'».

Intensa, fóbica al color violeta, recordwoman con más de 60 millones de discos vendidos, reconocía que la aguja de su intensidad rozaba el extremo. Alguna vez en México tuvo que pedir «una máscara de oxígeno para compensar el aire entregado». Su vehemente legado vive todo apretado en YouTube: hay perlas como el videoclip de Rumore, una oda a la sensualidad encerrada en un traje patas de elefante, o Caliente, caliente (la plasticidad resumida en una calza de lycra «amoral», como se le señalaba).

La última vez que pisó la Argentina fue en 2005, para visitar a Maradona en La noche del 10 (El Trece). En aquel aterrizaje se prestó a un especial del canal, conducido por Jorge Guinzburg, bailó como si no hubiera pasado los 60 y gambeteó la pregunta del millón: «¿Un viejo romance con Diego? Él era un seductor empedernido».

No tuvo hijos. «La vida no quiso», aseguraba cansada ante la pregunta insistente, pero se jactaba de «otros hijos», integrantes de la comunidad LGTB, que la condecoraban como reina del WorldPride. «¿Por qué gusto tanto a esa comunidad? Moriré sin saberlo», respondía hace tres años en una entrevista con Il Corriere della Sera. Sus dos grandes amores: Gianni Boncompagni primero, y Sergio Japino luego. Con ambos mantuvo largas relaciones, pero sin pasar por el altar.

Entre las instrucciones que la reina de los brillos dejó para su post mortem estaba la indicación de un sencillo ataúd de madera y una urnita simple para conservar sus cenizas. Nada de estridencias. La grandilocuencia la había entregado toda cuando había que entregarla, en escena, en sus bailes, en esos movimientos furiosos llenos de vida que el 5 de julio de 2021 -en redes- la resucitaron. «Fiesta, qué fantástica, fantástica esta fiesta». Su modo de respirar y honrar esa respiración estaba escrito en su mejor estribillo.

 

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