Nadie está preparado para las despedidas. Lionel Messi menos que nadie. No, esas lágrimas que recorrieron el mundo cuando el francés François Letexier hizo sonar el silbato final no son de tristeza. Son de descarga, de desahogo. Las mismas que derramó el pueblo argentino a miles de kilómetros de distancia.
El rosarino, como todos, se vio afuera de su última Copa del Mundo. Pero el fútbol es inexplicable. Quizás el más inexplicable de los deportes colectivos. Y Messi también. Es imposible poner en palabras lo que se vivió este martes en Atlanta. Y lo que hizo el capitán de la Selección Argentina con 39 años.
Porque como contra Cabo Verde, cuando más lo necesitaba el equipo, su equipo, volvió a aparecer. Para lanzar una asistencia en forma de centro a la cabeza de Cuti Romero, para con su olfato inigualable esperar el rebote para cortar la pelota en el empate y para con el brazo derecho indicarle a Julián Alvarez que Lautaro Martínez corría solo en el contragolpe. Y todo en 13 minutos. Después de sufrir por otro penal errado, de quedar enojado con el juez también, no hay nadie que pueda hacer lo que hizo este muchacho de 170 centímetros. Es único, el mejor de la historia.

Y claro, dirán que esta historia de 20 años de Leo con la Copa del Mundo no se podía cerrar como estaba hasta los 78 minutos. Sus propios récords se rompen, ahora con ocho goles en este Mundial 2026 para volver a quedar por delante de Kylian Mbappé y Erling Haaland. La diferencia es que tienen 12 y 14 años menos, nada más. Y no, sinceramente no importa que digan que camina la cancha, porque en el fútbol no gana el que corre más. Gana el que lo juega mejor y nadie lo hace como él.
Por eso produce ese sentimiento de admiración en millones de personas. Por su intento permanente, ese que lo llevó a volver a la Selección pese a sus palabras de despedida tras la Copa América 2016, en estas mismas tierras. Lo hizo en momentos como el que se vivió en Atlanta.
Sus marcas estadísticas, vaya uno a saber si quedarán por mucho o por poco tiempo. Dirán ahora que erró cuatro de ocho penales -sin contar las definiciones- en una Copa del Mundo. Pero hay algo más indeleble. Si no, sus propios compañeros no lo revolearían hacia el techo de este imponente estadio cual novio en su casamiento con Antonela Roccuzzo, que sufre y festeja junto a sus hijos Thiago, Mateo y Ciro. ¿Cómo no iban a salir tan futboleros con lo que papá representa?

Y la explicación de lo que significa Lionel no está en sus goles o sus asistencias. Está en lanzarse a su zona, la del costado derecho, para empezar a esmerilar una defensa egipcia que hasta ese momento parecía impenetrable. Porque Messi siempre encuentra una manera. Hoy fue gambeteando, cuando ya la fórmula de juntar pases no alcanzaba. Corre como uno de 20, pero piensa como uno de 39. Desequilibra con esos recortes indescifrables que vuelven loca a la tribuna, que hacen levantar a los hinchas de la butaca.
Es un líder natural. Por eso se lleva los dedos índices a la sien para pedirle al resto de los jugadores que piensen después de convertir uno de los goles más gritados en la historia. Sí, Maxi Rodríguez, perdón pero probablemente te hayan desbancado tanto Messi como Enzo Fernández.
Se ríe, Messi. Porque el sentimiento que lo invade mientras se abraza con sus compañeros de la Albiceleste o con el profe Luis Martín es el del trabajo cumplido. El de estar en los cuartos de final de Mundial una vez más. «En cinco de sus seis Mundiales alcanzó esta instancia. No es 25 de diciembre, es 7 de julio. Pero Messi tiene su propia Navidad. D10s ha resucitado en Atlanta. La Scaloneta también.
