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El Gaucho Gil, Santo de los Pobres

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📅 09/01/19 | 🕒 Lectura: 4 min
El Gaucho Gil, Santo de los Pobres
La tradición oral reza que se cumplieron ayer 141 años de la muerte violenta de don Antonio Mamerto Gil Núñez, gaucho correntino venerado por milagroso en toda la Argentina.

Si bien no integra ningún santoral, tiene su propia legión de fieles que cada 8 de enero camina kilómetros hasta el santuario en Mercedes, Corrientes, donde se dice que fue asesinado en 1878 a los 38 años.
Si bien, la festividad en Corrientes convoca a miles de personas, en todo el país hay ermitas donde se lo venera y Misiones, tierra colorada como la sangre derramada del santo popular, no es la excepción.
En la capital y sus alrededores hay varios altares en honor al patrono de los pobres, todos embanderados de colorado y desbordantes de objetos que son ofrendados en gratitud por los favores recibidos.
En el barrio Villalonga de Garupá, en avenida Las Américas y Doctor Sabín, desde temprano los promeseros llegaron con velas rojas y vino tinto, con paquetes de cigarrillos y plegarias escritas en papel.
“El Gaucho Gil es un santo como no hay otro, la emoción que mueve, la creencia y la fe de la gente me emociona tanto y me hace más devoto. Es un santo que está muy atento a ayudar en cuestiones de dinero y de salud. Por eso la gente que tiene un negocio y que quiere que le vaya bien o aquellos que buscan sanación recurren a él. La gente pide, promete algo y el santo cumple y espera la muestra de gratitud”, contó Omar Guaglianone, comerciante que ha ido varias veces a Mercedes.
El hombre tiene frente a la Capilla Gaucho Gil una mesa con velas, rosarios y estampitas para que nadie quede sin susurrar sus intenciones. Es que las peticiones y las promesas se dicen en voz baja y no se cuentan hasta que no se cumplan, aseguró María Castellano: “Yo no cuento, vengo todos los años porque Gil es mi ángel protector”.
En el templo levantado en su honor no hubo ayer comida comunitaria al mediodía como suele hacerse en la fecha, pero sí estuvo abierto a los feligreses.

Las hermanas Catalina y Beatriz Cañete recomiendan llegar hasta el santo vistiendo de rojo, ellas siempre solicitan protección, salud y trabajo para la familia. “Yo vengo de Buenos Aires cada año para agradecer al Gauchito y renovar los votos de fe, es un santo que aunque no sea reconocido por la Iglesia, es milagroso, a mí me ha ayudado mucho en muchas cuestiones de mi vida”, relató Beatriz.

En tanto, el joven Eduardo Ribeiro (23) creció escuchando las anécdotas más valientes de este gaucho amigo de los vulnerables y que desafiaba a los poderosos.

“Tengo un tatuaje, me lo hice hace un tiempo, mi papá también tiene uno, somos de Villa Soldati, Buenos Aires. No pude ir a Mercedes porque es bastante complicado, pero vine hasta acá a cumplirle, porque él es generoso, escucha las oraciones y no te deja solo”.
Hasta la barriada llegó el gentío de todos lados. Cada uno con sus particulares necesidades y secretas estocadas en el corazón, sin embargo, una certeza llameó frente a la imagen de madera mil veces besada: ‘Gil al pueblo no le abandona’.

Del pueblo
 
Si bien la historia no aporta mucha claridad sobre este santo popular que gusta del vino y el tabaco, los relatos que llegan hasta la actualidad ubican su nacimiento en 1840. Era un jinete de gran destreza, se lo describe como un gaucho cuatrero, que repartía su botín entre los pobres para que no haya hambreados ni muertos. Por ello, su fama le precedía y era querido en los rancheríos de adobe y odiado por los hacendados.
Con algunos matices, otras versiones lo infaman de desertor en la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870) o en la guerra civil en Corrientes, por traidor habría encontrado la muerte y fue justamente esta sentencia que acabó con su vida la que dio marco a su primer milagro.

“Fue capturado, colgado a un árbol cabeza abajo y degollado. Antes de ser ejecutado, Gil le dijo a su verdugo que debería rezar en su nombre por la vida de su hijo, que estaba muy enfermo; el ejecutor no lo escuchó, pero cuando regresó a su hogar, encontró a su niño agonizante; desesperado, oró por aquel hombre al que había quitado la vida. Agradecido fue al lugar y le dio una sepultura cristiana. El sitio donde están sus restos es hoy un santuario al que llegan miles de peregrinos”.