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Editorial

La Ramonita de la Parada, una historia de Oberá, una leyenda

La Ramonita, desde la vereda de Gobernador Barreiro esperaba siempre con ojo certero a quien pasaba desde la carnicería a la vieja parada de colectivos. Todo ocurría con una sincronización casi de servicio secreto. Un hombre cualquiera cruzaba la calle. Y bastaba para tener uno de los brazos más retirado del torso, a causa de […]

📅 30 de mayo de 2019 | 🕒 Lectura: 3 min
La Ramonita de la Parada, una historia de Oberá, una leyenda

La Ramonita, desde la vereda de Gobernador Barreiro esperaba siempre con ojo certero a quien pasaba desde la carnicería a la vieja parada de colectivos. Todo ocurría con una sincronización casi de servicio secreto. Un hombre cualquiera cruzaba la calle. Y bastaba para tener uno de los brazos más retirado del torso, a causa de una agenda que este pudiera llevar en la mano o el mismo movimiento vaivén del brazo. Ella se acercaba al cuerpo del distraído y se prendía del brazo y pasaba como una gran señora.

Lo de gran señora no estaba solamente en la pose con ese pretendido señor. Sus ojos se iluminaban y alzaba el mentón. No caminaba, LA Ramonita levitaba sobre ese empedrado de pocos pasos y 40°.

Sus labios estaban pintados de carmesí y de su mirada se desprendía un fuego bastante desconocido para tanta moralina de asiduos compradores de rifas con vestidos elegantes  de la iglesia san Antonio. Ella cruzaba como lo que fue, una reina llena de joyas y brillos en un Oberá llena de prejuicios.

Aunque en ciertos momentos aparecía La Ramonita embarazada. ¡Otro crío!…. La gente opinaba y sentenciaba. La Ramonita tenía relaciones, en baños, capueras o plazas. Que habrán sido de esos hijos. A veces y siendo simplista, creo que hay dos historias en Oberá, la de los masacradores de rusos, la de los expendedores de bebés, la del éxito de pueblo, apellidos de dudoso pedigree y por el otro lado la historia de Las Ramonitas, desamparados, tareferos. Ninguna me gusta, por ser la primera generadora de la última. Aunque adhiero a la Ramonita, la ternura de su mirada, la geografía de su rostro demacrado con la suavidad de su sonrisa.

Soy un hijo de Ramonita, no de los ganadores. Me adscribo a su cuerpo en otrora lleno de sensualidad subtropical y hoy, a su estar de terciopelo cansino y suave. No te queda el carmesí ni las joyas de fantasía pero quedamos nosotros a quienes nos enseñaste a ver la belleza en estado activo.

Fuiste la loca de la parada, y eso es más que cualquier gorda culochato yendo desde la parroquia San Antonio a rezar y luego cagar a muchos o al casino. 

Si eso era estar loca prefiero tu locura a la de tanta rata que reparte miseria y algo de moral bautizados y casados por el civil, la iglesia y toda su cursilería. Ramonita, gracias por tanto cariño incomprendido, por tanta actitud de vida.

(La Ramonita, y siempre con artículo antes del nombre era considerada la loca de pueblo, siempre piropeaba a los hombres y los encaraba. Me causó un gran cariño y cierta camaradería por ser militante de la travesura) Mario Juan Kitagrocki.